10 de noviembre de 2025

El costo mental de las bebidas energéticas para los jóvenes

El consumo de bebidas energéticas se ha vuelto parte del día a día de muchos adolescentes y jóvenes. Estas bebidas –ricas en cafeína, azúcares y otros estimulantes– prometen aumentar el estado de alerta, la energía y el rendimiento, lo que las convierte en un recurso atractivo en contextos académicos o sociales. Sin embargo, cada vez existe más evidencia de su impacto negativo en la salud mental, lo que plantea una seria advertencia para quienes las consumen con regularidad.

En una revisión sistemática publicada recientemente analizaron 10 estudios realizados con personas entre 11 y 27 años. En ellos se observó que el consumo frecuente de bebidas energéticas se asocia con mayores niveles de estrés, ansiedad, depresión, fatiga, conductas impulsivas o agresivas, bajo rendimiento académico e incluso ideación suicida, siendo más afectados los adolescentes varones. Aunque la mayoría de los diseños eran de tipo transversal (lo que impide afirmar que haya causalidad directa), los resultados son consistentes y preocupantes.

Un estudio realizado en Corea del Sur con más de 121.000 adolescentes, reportó que quienes consumían bebidas energéticas tres veces por semana o más tenían un riesgo hasta tres veces mayor de intentar suicidarse. Otros estudios encontraron incrementos significativos en los niveles de estrés, ansiedad y depresión cuando los jóvenes pasaban de no consumir a consumir estas bebidas regularmente, en especial en hombres jóvenes.

Más allá de los efectos psicológicos, el consumo de bebidas energéticas suele estar asociado con otros comportamientos de riesgo: omisión del desayuno, sueño insuficiente, y consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias. También se ha relacionado con una mayor ingesta de comida chatarra y bebidas azucaradas. Así, el problema no es solo la bebida en sí, sino el estilo de vida con el que suele estar asociada.

También debemos ponernos en el lugar de los jóvenes, pues la mayoría de los consumidores frecuentes no buscan dañar su salud, sino que lo hacen para estudiar más, para no quedarse dormidos, para participar en actividades sociales o deportivas. Pero el cuerpo y la mente tienen límites. La cafeína (presente en cantidades elevadas en estas bebidas) puede generar insomnio, palpitaciones, irritabilidad, e incluso dependencia. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), los adolescentes no deberían consumir más de 100mg de cafeína por día, pero una sola bebida energética puede duplicar esa cantidad.

Y es que, a pesar de su popularidad, no existe evidencia científica robusta que respalde el uso de bebidas energéticas como una estrategia segura o efectiva para mejorar el rendimiento físico o cognitivo. Por el contrario, se han documentado múltiples efectos adversos en distintos sistemas del organismo, especialmente el cardiovascular. La cafeína activa el cuerpo como si estuviera en alerta constante, lo que puede provocar nerviosismo, temblores o latidos acelerados del corazón. Esta información debería ser ampliamente difundida, no con el objetivo de prohibir su consumo, sino de fomentar decisiones informadas, especialmente en una etapa tan vulnerable como la adolescencia.

Es urgente hacer estudios que sigan a los jóvenes durante varios años para entender cuál es el mecanismo detrás de las bebidas energéticas y estos problemas, y al mismo tiempo crear estrategias que ayuden a prevenirlos. Intervenciones escolares, campañas educativas, regulaciones más estrictas sobre la publicidad y venta de estas bebidas formarían parte de la solución.

El objetivo de esta reflexión no es prohibir, sino advertir, y sobre todo cuestionar por qué tantos jóvenes necesitan energía extra para sostenerse. ¿Qué les estamos pidiendo que hagan? ¿Qué ritmo de vida les estamos normalizando? Quizá el problema no está en las bebidas energéticas sino en el ritmo que les estamos exigiendo.

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